Había una vez un señor que soñaba desesperadamente con manejar un colectivo, porque había algo dentro suyo que le decía que, si lo lograba, iba a ser rico, poderoso y famoso.
De una manera difícil de explicar, (ya que no sabía conducir) logró que le asignaran uno, el cual estaba sumamente deteriorado por el manejo desaprensivo de ocasionales anteriores choferes.
Muy, pero muy en su interior, sabía que debía poner en condiciones el vehículo, ya que no daba ninguna garantía, en ese estado, para la seguridad de los pasajeros que iban a ser transportados, bajo su supuesta responsabilidad.
Pero esto implicaba, para él y sus urgencias, una distracción de tiempo y de dinero que atrasaría o impediría la impostergable concreción de sus sueños de fama y de riqueza. Por eso, lo único que hizo, antes de comenzar la travesía, fue instalar un airbag y cinturón de seguridad en su asiento de conductor, y echarle una onerosa capa de pintura que lo hiciera aparecer como vistoso y ponderable.
Así, alegremente, con una carga de pasajeros llenos de sueños y pertenencias afectivas y materiales -a los que convenció que era un día de fiesta, y que el destino era un lugar maravilloso- se largó a una ruta de montaña repleta de carteles de advertencia de graves peligros a los que, por su entusiasmo febril, ignoró alegremente.
Cuando el colectivo se estrelló fue, por supuesto, el único que salió ileso, y empezó a vociferar, siempre alegremente, que en las montañas, una vez cada cien años, puede haber un accidente, y que él era un chofer de primera categoría, porque su misión como tal no era impedir que existieran las montañas, sino evitar que ningún pasajero falleciera en algún eventual e improbable siniestro.
Sus gritos le impedían advertir que todos los pasajeros estaban mutilados, con sus pertenencias destruidas, sus expectativas muertas y que, por lo menos uno, había fallecido.
En vez de tomar conciencia de las terribles consecuencias de su egoísmo, asumir su error, calificarse como definitivamente incapaz de desempeñar la función de chofer, arrepentirse e indemnizar íntegramente a los damnificados; siempre alegremente se desabrochó el cinturón de seguridad, desinfló el airbag, se bajó del colectivo, dejando a los pasajeros en manos de improvisados socorristas, y corrió con desesperación a ponerse en primer lugar en la cola de postulantes a manejar el próximo colectivo maltrecho -que iba a ser adjudicado inminentemente- que habría de viajar por la inclemente, mala y culpable montaña peligrosa, única responsable de lo acontecido.
Y colorín colorado, todo el pueblo, una vez más, había sido violado.
Este cuento que pareciera dirigido a un protagonista de turno, lamentablemente debe y puede hacerse extensivo a muchísimos funcionarios inmorales, (demasiados y más que suficientes como para comprometer el futuro del país), y también atañe a un sistema autoperpetuante (ciertos profesionales, periodistas, algunos integrantes del Poder Judicial, y del Poder Legislativo, gremialistas, técnicos, empresarios, etc.) que, por acción u omisión, son cómplices del delito y la impunidad.
La salud mental tiene que ver con la capacidad de autocrítica y de cambio, no con la obcecación absurda.
La salud mental tiene que ver con la capacidad de registrar al otro y salirle al cruce a sus necesidades, no con visualizarlo con cálculos e intenciones de vampiro.
La salud mental tiene que ver con la capacidad de amor y respeto, no con el analfabetismo emocional.
La salud mental tiene que ver con una percepción y conexión objetiva con la realidad, no con una negación perversa de lo inocultable.
La salud mental tiene que ver con el "sentir con el otro" y no con el hacerle sentir al otro lo que me es funcional que sienta para poder manipularlo psicopáticamente en función de mis propios intereses.
La salud mental tiene que ver con la honestidad y no con la corrupción.
La salud mental tiene que ver con la seguridad y la solvencia operativa, no con la omnipotencia peligrosa.
La salud mental tiene que ver con la capacidad de aprendizaje, no con la compulsión a la repetición.
Tiene que ver con la ética, con los principios y valores que se ordenan al bien común y no con la satisfacción voraz y desaprensiva de los propios intereses.
Nuestro pueblo, la ciudadanía de Santa Fe ha sido, está siendo y -de no mediar un cambio profundo en lo coyuntural y en lo estable- seguirá siendo objeto de una terrible y sistemática violencia física, psíquica y patrimonial, con una violación permanente de sus derechos más elementales, por parte de gobernantes que distan irrecuperablemente de estar encuadrados dentro de los parámetros de la salud mental precitados pero que, no por ello, deben ser considerados inimputables o exentos de responsabilidad.
La imprevisión negligente e imperdonable de las medidas hartamente expuestas y fundamentadas para evitar desastres por distracción de fondos a fines estético-electoralistas, la ausencia de las más elementales medidas de contingencia y socorro dignamente humanitario a los afectados por la nueva inundación, el ocultamiento de las condiciones infrahumanas que se deben soportar en la mayoría de los depósitos de evacuados, el actual intento de desalojo compulsivo estético-electoralista de las escuelas para que el lunes "la casa esté en orden" y todo "vuelva a la normalidad", el sinfín de maniobras siniestras que habrán nuevamente de implementarse para que los damnificados no logren el total resarcimiento legítimo con una indemnización económica y moral, interpela a la ciudadanía en general (indiferente en su gran mayoría, esta vez como producto de la fragmentación y el individualismo), y a la justicia en particular a evaluar y expedirse al respecto.
Todos podemos estar en el próximo colectivo siniestrado. De hecho, ya lo estamos, aunque muchos no lo adviertan.
Este escrito no está destinado a los inmorales, porque no lo pueden comprender, ya que con sus enfermizos mecanismos de negación y racionalización lo van a tildar de agitador, partidista e inoportuno. Para ellos nunca es oportuno que nadie haga referencia a nada que permita ver la tierra bajo la alfombra, o haga referencia a sus miserias humanas.
Escribí estas líneas sin ningún afán partidista y desde el dolor, la impotencia y el cansancio moral que nos impregna a los argentinos desilusionados por décadas de dirigencias políticas de distinto color, homogeneizadas por el autismo y las componendas palaciegas.
Sí lo dedico a quienes ansían y quieren ser protagonistas y constructores de un tiempo de honestidad, solidaridad y justicia, como condiciones indispensables para la paz y el desarrollo social.
Lo escribí, por último, como un compromiso ineludible ante las decenas de miles de conciudadanos recurrentemente traumatizados por la imperdonable actitud dirigencial y social de ponerlos en la categoría de no-sujeto, cuyo único destino pareciera ser el abandono y la resignación despersonalizante.